También significaba que mis hijas volvieran a confiar en sus propias sensaciones, en sus límites y en su derecho a decir la verdad.
Margaret nos envió varias cartas. En ellas pedía perdón y repetía que nunca había querido hacerles daño.
No sabía si algún día podríamos reconstruir nuestra relación.
Eso dependería de la verdad, de la responsabilidad y, sobre todo, de la seguridad de mis hijas.
Pero había algo que ya no estaba dispuesto a cambiar.
Ningún secreto familiar sería más importante que la salud de mis niñas.
Porque durante cinco años, Margaret había llamado amor a controlar lo que comían, decidir qué era bueno para ellas y exigirles obediencia.
Y yo había tardado demasiado en comprender que el cuidado verdadero no se impone a escondidas.
Se demuestra escuchando, respetando y buscando ayuda cuando algo no está bien.