—¿Qué estaba planeando?
Lucía respiró profundamente.
—Conseguir que usted firmara documentos para administrar parte de su patrimonio después del matrimonio.
Sentí que el corazón me golpeaba violentamente.
—¿Y mis hijas?
La mujer bajó la cabeza.
—Renata quería enviarlas a un internado fuera del país.
Aquella noche revisé los documentos.
Entre ellos encontré una copia de un acuerdo prenupcial que nunca había visto.
Incluía cláusulas que beneficiaban económicamente a Renata y mencionaba decisiones sobre la residencia de mis hijas.
Mi firma aparecía al final.
Pero yo jamás había firmado aquel papel.
Daniel confirmó que necesitábamos una revisión pericial.
Entonces encontramos algo más.
Una transferencia de tres millones de pesos realizada desde una empresa vinculada a Renata.
El destinatario era alguien que conocía demasiado bien.
Mauricio Vargas.
Mi antiguo socio.
El hombre que había intentado quedarse con mi compañía cinco años atrás.