Me volví lentamente.
Vincent Moretti estaba frente a mí.
Parecía mayor.
Había algunas canas en sus sienes y pequeñas arrugas alrededor de los ojos.
Pero seguía teniendo aquella presencia que hacía que las personas se apartaran cuando entraba en una habitación.
—Vincent —respondí.
Sus ojos se llenaron de una emoción que no pude identificar.
—Han pasado dieciocho años.
—Lo sé.
Noah nos miró con curiosidad.
—Mamá, ¿conoces a este señor?
Sentí que el corazón comenzaba a golpearme.
Vincent abrió la boca, pero no dijo nada.
Yo respiré profundamente.
—Sí, Noah. Nos conocimos hace mucho tiempo.
Mi hijo extendió educadamente la mano.
—Noah Bennett. Encantado.
Vincent observó aquella mano.
Después la estrechó.
—Vincent Moretti.
Vi cómo sus dedos temblaban.
—Felicidades por tu reconocimiento. Tu discurso fue extraordinario.
Noah sonrió.
—Gracias, señor Moretti.
Vincent tragó saliva.
—¿Cuántos años tienes?