Mi hijo lloró en silencio.
Por primera vez, no intentó justificarse.
No culpó a Paola.
No habló de sus intenciones.
Solo aceptó que había fallado.
Y aquello, aunque no arreglaba todo, era un comienzo.
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Pasaron tres semanas.
La casa volvió a estar tranquila.
Los geranios dañados fueron reemplazados. La colcha amarilla regresó a su lugar. La lámpara de conchas seguía iluminando el pasillo con la misma luz cálida de siempre.
El abogado continuó gestionando las cuestiones pendientes relacionadas con los daños y los gastos. Yo no renuncié a reclamar lo que correspondiera, pero tampoco utilicé el asunto para humillar a nadie.
No necesitaba que Paola sufriera para sentirme mejor.
Necesitaba que entendiera que mis límites eran reales.
Un sábado por la mañana, Roberto regresó con una caja pequeña.
Dentro había una fotografía enmarcada.
Era la misma fotografía de la playa, restaurada con un cristal nuevo.