El abogado de mi esposo se quedó inmóvil.
Había oído ese nombre antes.
Y, por la expresión de su rostro, sabía perfectamente lo que significaba.
Mi suegra, sin embargo, seguía sin comprender.
—¿Y qué tiene que ver eso con mi nuera? —preguntó con impaciencia—. Valeria trabajaba desde casa y apenas participaba en las reuniones familiares. Si tuviera semejante patrimonio, lo sabríamos.
No pude evitar sonreír.
Ese había sido siempre su mayor error.
Creer que una persona solo podía tener valor si exhibía lo que poseía.
La jueza revisó una última página.
—Señora Montenegro, ¿desea que se incorpore al expediente la documentación que acredita su posición dentro del grupo empresarial familiar?
—Sí, su señoría.
La secretaria se acercó con una carpeta sellada.
La jueza la abrió.
Leyó la primera página.
Después la segunda.