No quería ser el rostro de la iniciativa ni aparecer en las noticias.
Prefería sentarse con las personas, escuchar sus historias y recordarles que su situación no definía su valor.
Una mañana, Mariana llegó al centro acompañada de Gabriel, que ya había comenzado a dar sus primeros pasos.
El anciano estaba sentado en un banco del jardín, leyendo un libro.
Cuando vio al niño, abrió los brazos.
—¡Aquí viene mi pequeño amigo\!
Gabriel caminó hacia él con pasos inseguros y terminó cayendo sobre sus rodillas.
Los dos comenzaron a reír.
Mariana los observó desde unos metros de distancia.
Alejandro apareció a su lado.
—Mi padre habla de Gabriel como si fuera su nieto favorito.
Ella sonrió.
—¿Y no lo es?
Alejandro fingió pensarlo.
—No voy a discutir contigo. Ya he aprendido que es una batalla perdida.
Mariana rio.
Después ambos contemplaron al anciano jugando con el niño.