Quería agradecerle personalmente y asegurarse de que estuviera bien.
Cuando finalmente la encontró, estaba en una pequeña sala de descanso del hospital, revisando unos documentos médicos.
—Buenos días, Mariana.
Ella levantó la vista, sorprendida.
—Señor Mendoza. ¿Cómo está su padre?
—Estable. Los médicos dicen que necesitará tiempo para recuperarse.
Mariana sonrió con alivio.
—Me alegro mucho.
Alejandro tomó asiento frente a ella.
—He venido a agradecerle.
—Ya me lo agradeció ayer.
—No lo suficiente.
Sacó un sobre del bolsillo interior de su saco y lo colocó sobre la mesa.
Mariana miró el sobre sin tocarlo.
—¿Qué es eso?
—Una compensación por lo que hizo por mi padre. No tiene que aceptarla si no quiere.
Ella lo empujó suavemente hacia él.
—No puedo aceptarlo.
Alejandro frunció el ceño.
—Por favor, no lo vea como una limosna.
—No lo veo así. Pero tampoco quiero que piense que lo ayudé porque esperaba recibir algo a cambio.