El anciano extendió una mano temblorosa.
—Alejandro, escúchame. No quiero que te conviertas en alguien que solo sabe luchar por dinero.
Aquellas palabras lo golpearon más profundamente de lo que esperaba.
Su padre continuó:
—Cuando eras niño, te enseñé que la riqueza no sirve de nada si pierdes la capacidad de reconocer el sufrimiento de los demás.
Alejandro bajó la mirada.
Pensó en Mariana.
En cómo había cargado a un desconocido mientras otras personas permanecían inmóviles.
En cómo ella había arriesgado su propia comodidad para salvar a un hombre al que no debía absolutamente nada.
—Hoy una mujer me recordó eso —murmuró.
Su padre sonrió débilmente.
—Entonces todavía no todo está perdido.
## Capítulo 3. La mujer que no pidió nada
Al día siguiente, Alejandro pidió que localizaran a Mariana.
No quería ofrecerle dinero sin más.