—La que quieras.
—No vuelvas a ocultarme algo así.
—De acuerdo.
—Y no intentes impresionarme con tu dinero.
Alejandro extendió la mano.
—Trato hecho.
Lucía no la estrechó.
—Y voy a pagar mi parte en nuestra próxima cita.
—Por supuesto.
—Aunque el restaurante cueste una fortuna.
—Entonces tendremos que elegir uno que no cueste una fortuna.
Aquello sí la hizo sonreír.
—Buenas noches, Alejandro.
—Buenas noches, Lucía.
Ella se marchó a casa en un taxi, todavía llevando consigo el recuerdo de su sonrisa.
Y Alejandro se quedó en la acera, contemplando cómo el vehículo desaparecía entre las luces de la ciudad.
—Señor —dijo su conductor con cautela—, ¿vamos a casa?
Alejandro tardó en responder.
—No.
—¿A la oficina?
—Tampoco.
El conductor lo miró por el retrovisor.
—Entonces, ¿adónde?
Alejandro sonrió por primera vez en toda la noche.
—A comprar galletas.