Lucía respiró hondo.
Había escrito sus votos durante semanas.
Había borrado páginas enteras.
Había intentado encontrar palabras suficientemente hermosas para expresar algo que parecía demasiado grande para el lenguaje.
Al final, decidió decir la verdad.
—Alejandro, cuando te conocí, estaba convencida de que la mejor manera de protegerme era impedir que alguien pudiera verme de verdad. Me vestí con mi ropa más vieja porque pensé que, si no le gustaba mi peor versión, al menos podría marcharme sin haber perdido demasiado.
Varias personas sonrieron.
Alejandro le apretó las manos.
—Pero tú no intentaste cambiarme. No me pediste que fuera más elegante, más rica ni más interesante. Me escuchaste. Me respetaste. Y me enseñaste que ser amada no significa dejar de tener miedo. Significa encontrar a alguien con quien puedas sentir miedo sin tener que esconderlo.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.