Lucía soltó una risa entre lágrimas.
Alejandro también sonrió.
—Quiero prometerte que voy a escucharte. Que voy a respetar tus decisiones. Que no voy a usar mi dinero para comprar tu confianza ni mis errores para justificar los tuyos. Quiero construir una vida contigo, una en la que los dos podamos seguir siendo quienes somos.
Sus ojos brillaron.
—Lucía Herrera, ¿te casarías conmigo?
Durante un instante, ella no pudo hablar.
Miró al hombre que tenía delante.
El multimillonario que podría haber tenido a casi cualquier mujer que quisiera conocerlo.
El hombre que había entrado en aquel café con un traje impecable y una fortuna que ella ni siquiera podía imaginar.
El hombre que, sin embargo, había aprendido a escucharla hablar durante horas sobre niños de ocho años.
Que había aceptado dividir la cuenta de unos tacos.
Que había respetado su espacio cuando ella necesitaba estar sola.