Alejandro la miró con una sonrisa cálida.
—Por cierto, me encanta cómo vas vestida.
Lucía le lanzó una servilleta.
—No empieces.
—No he empezado nada.
—Te conozco.
Él rio.
Después, su expresión cambió ligeramente.
Tomó aire.
—Lucía, ¿recuerdas lo que me dijiste la primera noche?
Ella frunció el ceño.
—¿Que mi sudadera costaba menos que tu reloj?
—Eso también. Pero me refería a que me dijiste que podía irme si quería.
Lucía sonrió.
—Pensé que ibas a salir corriendo.
—Yo pensé que jamás había conocido a alguien tan decidida a espantarme.
—Funcionó bastante mal.
—Terriblemente mal.
Alejandro tomó sus manos.
—Durante mucho tiempo creí que el éxito consistía en tener siempre la mejor respuesta, la mejor estrategia y el mayor control posible sobre todo lo que podía salir mal.
Lucía lo escuchaba en silencio.