Lucía sintió una punzada en el corazón.
—Lo siento mucho.
Alejandro asintió.
—Antes de morir, me dijo algo que nunca he olvidado. Me dijo que estaba orgulloso de mí, pero que esperaba que algún día aprendiera a construir una vida, no solo una fortuna.
Se volvió hacia ella.
—Durante años pensé que tenía tiempo para hacerlo después. Después de la siguiente adquisición. Después del siguiente proyecto. Después de alcanzar una cifra que ni siquiera recuerdo ya.
Lucía tomó su mano.
—¿Y ahora?
Alejandro entrelazó sus dedos con los de ella.
—Ahora me doy cuenta de que no quiero seguir posponiendo las cosas que importan.
La miró a los ojos.
—Y tú eres una de ellas.
Lucía sintió que las lágrimas le llenaban los ojos.
—Alejandro…
—No te estoy pidiendo que me prometas nada. Solo quiero que sepas que, cuando estoy contigo, no siento que tenga que demostrar nada. No tengo que ser el hombre de las revistas. No tengo que ser el director ejecutivo. Puedo ser simplemente yo.