Se Enamoró De Ella Con Una Sudadera Vieja, Y Tres Años Después Le Demostró Que El Amor Verdadero No Se Puede Comprar

Y sabía que, desde entonces, Lucía había aprendido a desconfiar incluso de los momentos felices.

—No tengo miedo —mintió.

Carla no discutió.

—Está bien. Entonces no tengas miedo.

La llamada terminó unos minutos después.

Lucía dejó el teléfono sobre la mesa y miró a Sherlock.

—No me mires así.

El gato parpadeó lentamente.

—No voy a enamorarme de un multimillonario.

Sherlock bostezó.

—Ni siquiera es mi tipo.

El gato volvió a cerrar los ojos.

Lucía tomó el celular.

Tenía un mensaje nuevo.

Era de Alejandro.

«Espero que hayas llegado bien. Y, para que conste, me gustaba tu sudadera antes de saber cuánto cuesta un traje decente».

Lucía sonrió.

Escribió:

«Mi sudadera cuesta menos que tu reloj».

La respuesta llegó casi inmediatamente.

«Entonces es una inversión mucho más sensata».

Lucía se rio.

Y, por primera vez en mucho tiempo, no se sintió culpable por hacerlo.

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