Se Enamoró De Ella Con Una Sudadera Vieja, Y Tres Años Después Le Demostró Que El Amor Verdadero No Se Puede Comprar

—Carla, ¿por qué no me dijiste que tu jefe era Alejandro Rivera?

Hubo un silencio.

Un silencio largo.

Demasiado largo.

—¿Te lo dijo?

—Su conductor lo llamó señor Rivera.

—Ay, Dios mío.

—Carla.

—¡Iba a decírtelo\!

—¿Cuándo? ¿En nuestra boda?

—No seas dramática.

—¡Me hiciste ir a una cita a ciegas con un multimillonario\!

—Te hice ir a una cita con un hombre soltero, amable y atractivo.

—¡Que resulta ser dueño de un imperio empresarial\!

—Eso es un detalle.

Lucía se quedó mirándola, incrédula.

—¿Un detalle?

Carla suspiró.

—Escúchame. Alejandro es mi jefe, sí. Pero también es una persona. Y, si te sirve de algo, jamás lo había visto tan interesado en alguien.

Lucía se quedó callada.

—¿Qué quieres decir?

—Hace meses que sus amigos intentan presentarle mujeres. Mujeres hermosas, inteligentes, con carreras impresionantes. Mujeres que parecen salidas de una portada de revista. Nunca acepta. Y cuando acepta, se marcha antes del postre.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *