Doña Carmen se acercó a mí con el rostro encendido de rabia.
—¡Desagradecida\! ¡Después de todo lo que mi hijo te ha dado, así le pagas\!
La miré directamente a los ojos.
—¿Qué me ha dado, señora Carmen? ¿Una década de insultos? ¿La obligación de servir a su amante? ¿La vergüenza de organizar una fiesta para celebrar una traición?
Ella abrió la boca, pero no encontró respuesta.
Entonces ocurrió algo que nadie esperaba.
Paola comenzó a llorar.
—Ricardo… tenemos que hablar.
Él se volvió hacia ella.
—Ahora no.
—¡Sí, ahora\! —gritó Paola—. ¡Me prometiste que todo estaba resuelto\! ¡Me dijiste que Valeria se marcharía y que yo sería la única mujer de esta casa\!
Los invitados intercambiaron miradas.
Yo no sentí alegría al escucharla. Solo un cansancio inmenso.
Aquella mansión, aquella fiesta y aquel hombre que tanto había deseado un heredero me parecieron de pronto absurdos.