Saqué una copia del informe médico.
No contenía todos sus datos personales, pero sí la conclusión que el especialista nos había explicado: existía un problema importante de fertilidad que requería evaluación adicional.
—Esto no demuestra por sí solo que seas incapaz de tener hijos —aclaré—. Pero sí demuestra que nunca tuviste derecho a culparme sin conocer los hechos.
Ricardo intentó arrebatarme los papeles.
Yo retrocedí.
—Todavía no he terminado.
Entonces levanté el sobre que llevaba dentro de la caja.
—Y aquí está la razón por la que pedí una prueba de paternidad.
Paola dejó de acariciarse el vientre.
Por primera vez en toda la noche, su sonrisa desapareció.
—¿Qué prueba? —preguntó, casi en un susurro.
La miré.
—Una prueba de ADN de paternidad prenatal, realizada mediante un procedimiento médico autorizado y con las muestras correspondientes. No voy a divulgar información privada de nadie sin su consentimiento. Pero Ricardo, tú y yo sabemos que la pregunta sobre la paternidad de este bebé lleva semanas rondándonos.