Alejandro cerró la puerta detrás de él.
—Mariana, necesito que me escuches.
—No. Ahora vas a escucharme tú a mí.
Le mostré la fotografía de mi madre y Don Ricardo.
—¿Por qué mi madre aparece con tu padre? ¿Por qué hay cartas con mi nombre? ¿Y por qué acabo de descubrir que el hombre al que he cuidado durante dos años podría ser mi padre?
Alejandro bajó la cabeza.
Su silencio fue más aterrador que cualquier respuesta.
—¡Contéstame! —grité.
Él respiró profundamente.
—Porque lo sabía.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
—¿Qué has dicho?
—Sabía que existía la posibilidad de que fueras su hija.
Retrocedí, mirándolo como si fuera un desconocido.
—¿Desde cuándo?
—Desde antes de nuestra boda.
Me llevé las manos a la cabeza.
—¿Te casaste conmigo sabiendo esto?
—Al principio no tenía pruebas. Mi padre llevaba años guardando esas fotografías, pero nunca quiso hablar de ellas. Cuando vi tu cicatriz por primera vez, sospeché que podía haber una conexión. Después encontré la carta de tu madre.