Dentro encontré una carta escrita por mi madre.
La primera línea hizo que se me nublara la vista.
«Ricardo, si algún día Mariana descubre la verdad, tendrás que contarle lo que ocurrió aquella noche. No permitas que siga creyendo que su padre la abandonó».
Me llevé una mano a la boca.
¿Su padre?
Seguí leyendo.
«Sé que hiciste todo lo posible por salvarnos. Pero tu familia jamás habría aceptado nuestra relación. Cuando ocurrió el incendio, tuve que tomar una decisión terrible. Me llevé a mi hija y desaparecí. Le dije que su padre había muerto porque temía que los Vargas nos encontraran».
La carta se me cayó de las manos.
Miré a Don Ricardo.
Él lloraba silenciosamente.
—¿Usted… es mi padre? —pregunté con un hilo de voz.
Don Ricardo cerró los ojos y dejó caer una lágrima sobre la almohada.