También contacté a un especialista para conocer las posibilidades reales de mejorar su comunicación.
Poco a poco, aprendimos a entender sus movimientos y sus señales.
No podía recuperar de golpe los años perdidos. Tampoco podía obligarme a perdonar todo lo que había sucedido.
Pero una tarde, mientras le leía una de las cartas de mi madre, Don Ricardo consiguió emitir una palabra.
Una sola.
—Ma… ri…
Me quedé paralizada.
—¿Papá? ¿Quieres decir Mariana?
Él parpadeó lentamente.
Las lágrimas me inundaron los ojos.
Lo abracé con cuidado y lloré contra su hombro.
Aquella palabra no borró el pasado. No reparó las mentiras ni devolvió los años que habíamos perdido.
Pero me dio algo que nunca pensé que tendría.
Una oportunidad de conocer a mi padre.
Meses después, Alejandro y yo comenzamos a hablar de nuevo. No regresamos inmediatamente a la vida que teníamos antes. Le pedí sinceridad absoluta y le dejé claro que el amor no podía construirse sobre secretos impuestos por otras personas.