—Llévate las que necesites. Hay suficientes para todos.
La mujer comenzó a llenar su caja.
Y entonces comprendí algo que me hizo sentir una vergüenza inesperada.
Aquellas personas no habían venido a comprar las verduras de mi padre.
Habían venido porque él se las había ofrecido.
A las seis y cuarto, había más de veinte personas trabajando entre las hileras.
Un hombre recogía judías verdes. Dos mujeres seleccionaban tomates maduros. Una pareja llenaba bolsas con cebollas mientras un adolescente ayudaba a una anciana a cargar una caja de patatas.
Papá caminaba de un lado a otro, comprobando que nadie se llevara verduras que todavía necesitaban crecer.
—Las calabazas de la esquina aún no están listas —le explicó a un hombre—. Vuelve dentro de una semana y te llevarás las mejores.
—De acuerdo, Erik. Gracias.
—Y dile a tu hermana que no se preocupe por las zanahorias. Le guardaré unas cuantas.