—Nunca habría sido una carga.
Él asintió lentamente.
—Ahora lo sé.
Me acerqué y lo abracé.
Olía a tierra húmeda, tomates maduros y jabón de manos.
Era el mismo olor que recordaba de mi infancia, cuando me llevaba al huerto para enseñarme a plantar semillas.
—¿Y si el condado te obliga a quitarlo? —pregunté contra su hombro.
Papá permaneció callado unos segundos.
—Entonces tendremos que encontrar otra manera de ayudar.
Me aparté para mirarlo.
—¿Así de sencillo?
Él sonrió.
—El huerto es solo un terreno, hija. Las personas son lo importante.
Aquellas palabras me dolieron más de lo que esperaba.
Porque comprendí que, mientras yo había estado preocupada por defender la propiedad de mi padre, él nunca había pensado en el huerto como algo que le perteneciera exclusivamente.
Lo veía como algo que debía compartir.
Y quizá por eso había conseguido mantenerlo vivo durante tantos años.