Se le calmó la respiración en el monitor. Lo vi con mis ojos de cirujano antes de verlo con los otros.
Y con una vocecita rota, seca de tubos y de miedo, la nieta de Ernesto y de Carmen, la hija de la niña de las trenzas, la segunda vida de mi vida, dijo la frase que me desarmó las manos que nunca me tiemblan fuera de un quirófano: