Capítulo 2: El de la voz

—Mi esposa es la mujer que lo abrazó a la salida del quirófano —siguió Ernesto—. Se llama Carmen. Ayer no pudo decirle más que gracias, porque las madres, cuando se les parte el mundo, se quedan con las palabras cortas. Pero anoche, en la sala de espera, me dijo su nombre completo, doctor. Y entonces lo supimos.

—¿Supieron qué? —pregunté.

Ernesto miró por la ventanilla un momento, como se miran las cosas que se han tardado años en poder decir.

—Que era usted la segunda vez.

En la sala de familiares de la UCI pediátrica, Carmen me esperaba de pie, con el mismo vestido del día anterior y una carpeta de fotografías sobre las rodillas. No me abrazó esta vez. Me tomó de las manos —las mismas manos que me temblaban de agotamiento cuando salí de aquel quirófano— y me las sostuvo con una firmeza de otro tiempo.

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