Me acerqué a la ventana y observé el jardín. El mundo seguía siendo imperfecto, y mis ojos todavía tenían dificultades para distinguir algunos detalles. Pero podía ver la luz, las formas y los colores que durante tanto tiempo había echado de menos.
Y también podía ver mi futuro.
Un futuro sin mentiras, sin miedo y sin un hombre que decidiera por mí.
Ashton había creído que mi ceguera lo convertiría en dueño de mi vida.
Se equivocó.
Porque mientras él escondía documentos debajo de nuestra cama, yo estaba recuperando mucho más que la vista.
Estaba recuperando mi voz.
Mi dignidad.
Y mi libertad.