—Lo sé. Por eso necesito averiguar qué pasó.
Le mostré el mensaje de Vanessa.
Claire lo leyó en silencio.
—Vamos a esa dirección —dijo finalmente—. Pero si algo te parece extraño, nos marchamos inmediatamente.
Asentí.
Por primera vez en mucho tiempo, sentí que no estaba completamente sola.
La dirección nos condujo a un edificio antiguo de oficinas situado en una calle tranquila.
Subimos al segundo piso.
En la puerta del despacho había una placa pequeña con el nombre de un abogado: Daniel Foster.
Claire llamó.
Una mujer abrió la puerta y nos invitó a pasar.
Era Vanessa.
La reconocí por las fotografías que había encontrado en la bolsa: cabello oscuro, rostro delgado y una pequeña cicatriz cerca de la ceja izquierda.
Parecía mucho más joven de lo que había imaginado.
Cuando me vio, perdió el color del rostro.
—Has venido —susurró.