Ashton tomó el teléfono tan deprisa que casi tiró el vaso de agua.
Me miró.
Yo fingí no haber visto nada.
—¿Todo bien? —pregunté.
—Sí. Es un asunto del trabajo.
Guardó el teléfono en el bolsillo y se alejó.
Pero aquella frase se quedó grabada en mi mente.
¿Lo de mi padre?
Mi padre había muerto doce años antes, mucho antes de mi accidente. Siempre había creído que su fallecimiento se debió a una enfermedad cardíaca que se complicó inesperadamente.
Ashton nunca lo había conocido personalmente. Nos habíamos casado varios años después de su muerte.
¿Qué podía tener que ver él con todo aquello?
Sentí que cada respuesta abría una puerta hacia un secreto todavía más oscuro.
A la mañana siguiente, Ashton se levantó antes de que sonara mi alarma.
Escuché cómo se duchaba y se vestía apresuradamente.