Extendió un bolígrafo hacia mí.
Lo observé en silencio.
En la primera página aparecía el nombre de la entidad bancaria donde estaba depositada parte de mi herencia.
En la segunda, reconocí las palabras «cesión de derechos patrimoniales».
No era una simple autorización.
Era un documento que podía permitirle transferir una parte importante de mis bienes.
—¿Por qué necesitas esto ahora? —pregunté.
Ashton sonrió, pero su mirada se volvió fría.
—Porque estoy intentando ayudarnos. No quiero que tengas que preocuparte por el dinero mientras te recuperas.
—¿Y por qué no puedo leerlo primero?
—Porque ya te lo he explicado.
—Pero quiero entenderlo por mí misma.
Su mano golpeó la mesa.
El ruido me hizo sobresaltarme.
—¡Sutton, por el amor de Dios! ¡No puedes hacer que todo sea tan difícil!
El silencio que siguió fue aterrador.
Durante dos años había soportado sus frustraciones pensando que eran consecuencia del agotamiento. Había disculpado sus palabras, sus ausencias y su impaciencia porque creía que me estaba cuidando a pesar de todas las dificultades.