El mensaje contenía una sola fotografía: nosotros dos sentados en aquella cafetería, tomada desde el otro lado de la calle.
Debajo, alguien había escrito:
«Dejen de buscar a Daniel. La próxima vez no habrá advertencias».
Thomas se levantó inmediatamente.
—Tenemos que irnos.
Guardé la fotografía en mi bolso y lo seguí hasta la salida. Sin embargo, antes de llegar a la puerta, mi teléfono comenzó a sonar.
Era mi hija.
Contesté de inmediato.
—Mamá —dijo con la voz quebrada—, necesito que me escuches. Un hombre acaba de venir a mi casa. Dice que conoce a Daniel y que tú estás en peligro.
Se me heló la sangre.
—¿Qué hombre?
Mi hija comenzó a llorar.
—Me mostró una fotografía de ti con un desconocido. Después me entregó un sobre con tu nombre.
—No lo abras. ¿Me oyes? ¡No abras ese sobre!