Recordé la tarjeta que había guardado en mi bolso.
—Sí.
—No vayas.
—Mañana, a las diez, estaré allí.
—¡Laura, por favor! ¡Ese hombre puede ser peligroso!
—Entonces tendrás que explicarme por qué tienes tanto miedo de él.
Colgué.
Por primera vez en meses, no estaba dispuesta a permitir que otra persona decidiera qué verdad podía soportar.
Aquella noche apenas dormí. Guardé las fotografías en la caja fuerte de mi camarote y mantuve la tarjeta de Thomas debajo de la almohada, como si alguien pudiera entrar en cualquier momento para arrebatármela.
A las nueve de la mañana siguiente, desembarqué en el puerto donde el crucero había hecho una escala.
La dirección me llevó a una pequeña cafetería situada en una calle tranquila. Thomas estaba sentado junto a la ventana, con dos tazas de café delante.
Cuando me vio entrar, no pareció sorprendido.