Pero jamás pensé que aquel niño mereciera lo sucedido.
Mateo no había hecho nada malo.
Su muerte era una tragedia, no un castigo que debiera celebrarse.
Cuando terminé de coser, Sofía se puso la chamarra y corrió hacia el espejo.
—¡Mira, mami! ¡Ya está completa!
Sonreí con los ojos llenos de lágrimas.
Aquella tarde fuimos a comprar flores.
Sofía escogió unas margaritas blancas.
—¿Son para alguien? —preguntó.
—Sí, corazón. Para un niño que debería estar jugando como tú.
No comprendió completamente, pero sostuvo las flores con mucho cuidado.
Las dejamos en un lugar donde su familia pudiera recibirlas.
Después caminamos tomadas de la mano.
Por primera vez en muchos meses, sentí que el aire entraba libremente en mis pulmones.
Habíamos sobrevivido a la mentira, al miedo y a una traición imposible de imaginar.
No recuperé el matrimonio que creía tener.