Acepté únicamente una conversación breve, con las condiciones que permitía la autoridad.
Ricardo estaba sentado frente a mí.
Sin su traje impecable y sin la seguridad con la que solía dirigirse a sus empleados, parecía otro hombre.
—Mariana, cometí un error terrible.
No respondí.
—Yo nunca quise que muriera Mateo.
—Pero sí querías que muriera Sofía.
Se quedó callado.
—Contéstame, Ricardo.
Empezó a llorar.
—No sé qué me pasó. Todo se salió de control.
Lo miré sin moverme.
—Compraste el producto. Preparaste el coche. Organizaste la salida del kínder. Después querías que yo firmara un documento para aceptar la culpa. Eso no es perder el control.
Se cubrió el rostro.
—Puedo darte la casa, el departamento y todas mis inversiones.
Sentí una náusea profunda.
Hasta entonces seguía creyendo que todo podía resolverse con dinero.
—¿Cuánto vale Sofía para ti? —pregunté.