Mateo, hijo de Vanessa, había acompañado a una familiar al mismo plantel aquella mañana.
Después de ensuciar su ropa, tomó la chamarra de Sofía.
Los niños tenían edades y estaturas semejantes.
El conductor llegó apresurado y no verificó correctamente la identidad del pequeño. Una empleada tampoco advirtió el error al autorizar la salida.
Las cámaras mostraron al hombre conduciéndolo hasta el automóvil.
Más tarde, Vanessa llegó al estacionamiento donde habían quedado de encontrarse.
El niño estaba dormido, cubierto parcialmente con una manta.
Vanessa, siguiendo el plan, no se acercó a comprobar su rostro.
Cerró el vehículo, se retiró y dejó pasar el tiempo.
Cuando regresó y encontró al pequeño inconsciente, comenzó a gritar.
Solo entonces descubrió que había atrapado a su propio hijo.
Los servicios de emergencia fueron llamados demasiado tarde.
Ninguna persona inocente merecía semejante destino.