A los 54 años, invita a un hombre a conocerse en línea

—No voy a perdonarte esta noche —le dije finalmente—. Y tampoco voy a fingir que podemos empezar de nuevo como si nada hubiera ocurrido.

Daniel asintió.

—Lo entiendo.

—Si de verdad quieres reparar algo, empieza por nuestros hijos. No conmigo. Con ellos. Cuéntales la verdad y acepta lo que decidan. No tienes derecho a exigirles que te reciban con los brazos abiertos.

—Lo haré.

Cogió las flores y los bombones, pero después pareció cambiar de opinión y los dejó sobre la mesa.

—Son para ti. Aunque sé que no los merezco.

No respondí.

Cuando se marchó, cerré la puerta y apoyé la espalda contra ella. Después me deslicé lentamente hasta el suelo y lloré.

Lloré por la mujer que había sido treinta años atrás. Por los niños que habían crecido sin su padre. Por el tiempo perdido. Y también por mí misma, porque había vuelto a confiar en alguien sin saber realmente quién era.

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