—¿Y por qué no me dijiste quién eras?
Guardó silencio durante unos segundos.
—Porque tenía miedo de que no quisieras volver a hablar conmigo. Quería que me conocieras de nuevo, sin todos los recuerdos dolorosos que tenemos en común.
Me eché a reír, pero no era una risa de alegría.
—¿Así que decidiste mentirme durante tres meses? ¿Inventaste una personalidad, utilizaste otra fotografía y fingiste ser un desconocido para entrar en mi vida?
—No quería hacerte daño.
—¡Pues lo has conseguido!
Mis manos temblaban. Sentía una mezcla de rabia, tristeza y humillación. Había pasado tres meses esperando sus mensajes, sonriendo frente al teléfono y creyendo que, por fin, alguien se interesaba sinceramente por mí.
Y todo aquel tiempo había estado hablando con el hombre que más daño me había hecho en el pasado.