—¡Eso es mentira! Tuviste treinta años para buscarnos. Sabías dónde vivíamos. Sabías que tenías dos hijos. ¿Y ahora apareces aquí como si nada hubiera pasado?
Él suspiró.
—Sé que no tengo derecho a pedirte nada. Pero quería verte. Quería explicártelo todo.
Estaba tan alterada que apenas podía pensar. Una parte de mí quería cerrar la puerta de golpe y no volver a verlo jamás. Otra parte necesitaba saber por qué había regresado después de tantos años.
—¿Cómo me encontraste en esa página? —pregunté.
Daniel sacó su teléfono y me mostró una fotografía.
Era una de las imágenes que yo había publicado en mi perfil de citas.
—Te reconocí inmediatamente —explicó—. Al principio pensé que podía tratarse de una coincidencia. Pero cuando leí tu nombre y algunas cosas que contabas sobre tu vida, supe que eras tú.