Entonces pronunció una frase que me hizo sentir un escalofrío por todo el cuerpo:
—Hace treinta años que no nos vemos. ¿De verdad pensabas que nunca volveríamos a encontrarnos?
Lo miré con más atención. De pronto, comprendí por qué su voz me resultaba familiar.
Era Daniel, el hombre con quien había estado casada durante casi veinte años.
El mismo hombre que me había abandonado cuando nuestros hijos todavía eran pequeños. El mismo que había desaparecido de nuestras vidas sin dar explicaciones y que, durante años, ni siquiera se había molestado en preguntar si sus propios hijos estaban bien.
Mi primer marido.
—¡Tú! —exclamé, retrocediendo—. ¿Qué haces aquí? ¿Cómo has conseguido mi dirección?
Daniel bajó la mirada y dejó las flores sobre una pequeña mesa junto a la puerta.
—Te he estado buscando durante mucho tiempo.