Se volvió hacia mí y me tomó suavemente de la mano.
—Christopher, no sé qué planes tiene para el resto del día, pero me gustaría hablar con usted en privado.
Miré la caja sobre mi escritorio.
Luego miré a Gavin.
Él dio un paso adelante.
—Señora Whitmore, estoy seguro de que podemos aclarar cualquier malentendido. Christopher es un empleado valioso y quizá podamos reconsiderar algunas decisiones.
Margaret levantó una mano para detenerlo.
—Hace unos minutos, cuando entré, usted estaba ordenándole que se marchara. No vi ninguna intención de reconsiderar nada.
Gavin se quedó inmóvil.
Yo tampoco sabía qué decir. Una parte de mí quería disfrutar de aquella inversión repentina de papeles. Otra parte solo quería salir de allí, abrazar a mis hijas y olvidar la humillación de aquella mañana.
Margaret pareció comprenderlo.
—No tiene que decidir nada ahora —me dijo—. Pero hay algo que quiero que sepa: no he venido a ofrecerle caridad. He venido porque necesito personas que sepan reconocer lo que importa cuando se enfrentan a una decisión difícil.