—¿Y los tres días? —pregunté—. ¿Por qué volvió tres días antes y no me lo dijo?
La directora abrió una carpeta fina. La carpeta de mamá.
—Porque quiso ver primero la habitación —dijo—. Quiso dormir tres noches aquí, probar la comida, conocer a las enfermeras. Quiso decidirlo ella, como ha decidido todo. La bolsa azul está en su armario. La habitación ocho está pagada y reservada a su nombre. Y nos dejó una instrucción firmada que llevo tres días esperando no tener que enseñarle a nadie tan pronto.
Me tendió una hoja. La letra de mi madre, la de las listas de la compra y las felicitaciones de cumpleaños, escribía:
«Vuelvo el domingo a las seis, después de comer en casa con mi familia. Será mi última cena de los domingos en mi casa, aunque ellos todavía no lo sepan. Si alguien viene antes a preguntar, no le digan que estoy enferma. Díganle que estoy despidiéndome, que es la verdad ordenada de otra manera.»