Su madre tiene cáncer de estómago. Me lo dijo así, sin rodeos, porque se lo había ordenado una mujer de ochenta años que ha firmado cada papel de su propio final con la letra clara de sus años buenos. Diagnóstico: hace cuatro meses. Pronóstico reservado desde el principio. Hace ocho meses que mamá falta, de vez en cuando, a cosas pequeñas —una merienda, una misa, una tarde de repostería— y yo lo atribuía a la edad, que es el cajón donde guardamos todo lo que no queremos mirar.
El viaje a Villamar era real y era una tapadera, las dos cosas a la vez. Real: Margaret vive allí desde hace ocho años, con una sobrina, y el número que mamá me dio era el de su antigua casa, «porque si llamabas y salía ella, no habría preguntas». Tapadera: en Villamar está la Clínica Santa Ana, donde le confirmaron lo que su médico de aquí ya sabía, y donde le dijeron, con la carpeta que sujeta en la tercera fotografía, que no hay operación que la salve.