Un joven de 18 años sentía tanta vergüenza de su padre, que pesaba 201 kilos, que incluso prohibía a sus amigos entrar en su casa y no permitía que nadie tuviera contacto con él. Su padre había engordado tanto que ya no podía caminar, bañarse ni siquiera ir al baño sin ayuda. Un día, delante de los vecinos, el muchacho gritó: «¡Me das asco! ¡Has arruinado toda mi vida! ¡Ojalá nunca hubiera tenido padre!». Pero lo más aterrador ocurrió tres días después, cuando todo el vecindario quedó sumido en el luto…

Robert asintió lentamente.

—¿Podré volver a casa algún día?

—Eso dependerá de su estado de salud, de la evaluación médica y de las condiciones que podamos organizar. Nuestro objetivo es que reciba la atención que necesita.

Robert miró a Daniel.

—¿Has hecho todo esto porque quieres librarte de mí?

Daniel abrió la boca, pero no pudo responder inmediatamente.

Finalmente, se sentó a su lado.

—Al principio, sí quería escapar. Quería salir de esta casa y dejar de sentir que mi vida se había terminado antes de empezar.

Robert cerró los ojos.

—Lo siento, hijo.

—Pero después llamé a varios centros y a los servicios sociales. Me explicaron que no tenías por qué seguir viviendo así y que yo tampoco podía continuar siendo tu único cuidador.

Daniel tragó saliva.

—Me ofrecieron una evaluación médica y ayuda para organizar tu atención. Llevo tres noches preparando todo porque tenía miedo de que me dijeras que no.

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