Se despidió de Sarah y Emily y guardó el dibujo con cuidado.
Antes de subir al coche, volvió la cabeza.
Emily estaba en el jardín, enseñándole su bicicleta a una vecina. Se reía mientras intentaba mantener el equilibrio.
Por primera vez desde aquella llamada, su risa no estaba mezclada con lágrimas.
Y Daniel supo que, aunque el horror de aquella casa nunca podría borrarse por completo, la historia de aquella niña no terminaría con lo que le habían hecho.
Terminaría con lo que había conseguido sobrevivir.
Porque Emily tenía solo ocho años cuando descubrió que, a veces, las personas que deberían protegerte son las que más daño pueden hacerte. Pero también descubrió que existe gente dispuesta a escuchar, creer y ayudar.
Y aquella mañana, con las manos temblorosas y la voz entrecortada, tuvo el valor de pedir ayuda.