Cuando Josephine entró en la habitación, llevaba el cabello recogido y el rostro descubierto.
Uno de los vecinos bajó la mirada, incómodo.
El otro le ofreció una sonrisa sincera.
Cyrus esperaba junto a la chimenea.
Al verla, sus ojos se humedecieron.
No porque ella hubiera dejado de tener cicatrices.
Sino porque la mujer que caminaba hacia él ya no avanzaba con la cabeza gacha, intentando hacerse invisible.
Avanzaba con la dignidad de alguien que había recuperado el derecho a ocupar su lugar en el mundo.
Cuando llegó frente a él, Cyrus le ofreció la mano.
Josephine la aceptó.
Y cuando el reverendo los declaró marido y mujer, Cyrus no la besó hasta que ella se inclinó hacia él.
Fue un beso breve y dulce, acompañado por la sonrisa temblorosa de Josephine.
Afuera, las flores silvestres se mecían con el viento.
Dentro de aquella pequeña cabaña, dos personas que habían sido juzgadas por sus cicatrices comenzaron una vida nueva.