—Por favor… no me mire.
La voz se le quebró.
—No quiero que me vea así.
Cyrus arrastró una silla y se sentó a una distancia prudente.
—Ya la he visto.
Josephine comenzó a llorar.
—Entonces dígalo. Dígame que soy horrible. Dígame que no puede soportarlo. Prefiero escucharlo ahora, antes de que me lleve más lejos y descubra que tampoco me quiere allí.
Cyrus sintió que algo se le apretaba en el pecho.
Aquella mujer no estaba llorando solamente por su rostro. Estaba llorando por todos los años en los que otras personas le habían enseñado a avergonzarse de existir.
—Josephine, míreme cuando esté preparada. No voy a obligarla.
Ella abrió los ojos muy despacio.
Y Cyrus pudo ver por primera vez aquello que había provocado tanto odio.
Una gran cicatriz irregular le recorría la mejilla izquierda, desde la sien hasta la mandíbula. La piel alrededor tenía un aspecto tirante y delicado. Parte de su ceja había desaparecido, y una de sus orejas mostraba las marcas de una antigua lesión. El lado izquierdo de su rostro había quedado gravemente dañado por un accidente.