Hubo noches en las que la nieve golpeaba las ventanas y el viento parecía querer arrancar el techo de la cabaña. Josephine aprendió a reconocer las huellas de los animales, a conservar alimentos y a remendar la ropa de Cyrus.
Él, por su parte, descubrió que Josephine tenía un talento extraordinario para las plantas y las hierbas. Ella había aprendido de una mujer mayor en San Luis a preparar ungüentos y remedios sencillos, y llenó una pequeña repisa con frascos cuidadosamente etiquetados.
Una tarde, Cyrus regresó con un corte profundo en el antebrazo.
Josephine limpió la herida y la vendó con manos firmes.
—Debe dejar de fingir que es invencible —le dijo.
Él sonrió.
—¿Eso me lo dice la mujer que sobrevivió a un incendio y cruzó medio país para empezar una nueva vida?
—Precisamente.
Cyrus soltó una carcajada.
Era la primera vez que Josephine lo escuchaba reír así.