Pero la historia no terminó en aquella oficina.
Tres días después, Ramiro llegó al pequeño local de Teresa.
No llevaba traje ni venía acompañado de su esposa.
Encontró a su padre sentado junto a una mesa, ayudando a doblar servilletas.
—Papá, ¿podemos hablar?
Don Aurelio continuó doblando una servilleta antes de responder.
—Habla, hijo.
Ramiro tragó saliva.
—No vengo a pedirte dinero.
El anciano levantó la mirada.
—Entonces, ¿a qué vienes?
Ramiro se sentó frente a él.
—A decirte que me avergüenzo de lo que hice. Cuando te vi llegar así, pensé en lo que dirían mis vecinos, en lo que pensaría mi esposa… No pensé en que eras mi padre. Me importó más mi comodidad que tu necesidad.
Se le quebró la voz.
—No espero que me perdones hoy. Solo quería decírtelo.
Don Aurelio lo observó durante un largo rato.