Patricia se levantó y abrazó a su padre por detrás.
—Perdóname, por favor. Te prometo que voy a cambiar.
Don Aurelio se soltó suavemente de sus brazos.
—El perdón no se compra con promesas, hija. Se demuestra con hechos.
Después miró al notario.
—Quiero que una parte del dinero garantice mi vejez, mi salud y mi tranquilidad. También quiero ayudar a personas mayores que viven abandonadas. Y deseo que Teresa pueda dejar de trabajar de sol a sol para pagar una renta.
Teresa se llevó las manos a la boca.
—Papá, yo no quiero que mis hermanos piensen que hice esto por dinero.
—Tú no me pediste nada, hija. Y no voy a castigarte por haberme querido.
El notario tomó nota de las instrucciones y explicó que los documentos definitivos debían prepararse y formalizarse conforme a la ley.
Ramiro bajó la cabeza.
Por primera vez en muchos años, no tenía una respuesta rápida ni una excusa preparada.