Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Y cuando por fin tuve miedo de quedarme sin nada, hice algo que nunca debí hacer: tuve que disfrazarme de pobre para descubrir si todavía tenía hijos.
Nadie se atrevió a interrumpirlo.
—Hoy ya sé la respuesta.
El notario volvió a abrir la carpeta.
—Don Aurelio también ha dejado instrucciones respecto al destino de su patrimonio.
Ramiro se inclinó hacia delante.
—¿Qué instrucciones?
—La operación de compraventa ya está formalizada. Los fondos pertenecen a su padre. En cuanto a la distribución futura de su patrimonio, ha solicitado asesoría legal para establecer un fideicomiso y definir sus beneficiarios.
Ramiro palideció.
—¿Quieres decir que no nos vas a dar nada?
Don Aurelio lo miró con una tristeza que parecía más profunda que el enojo.
—¿Eso es lo único que te importa?
—¡Soy tu hijo!
—Sí, Ramiro. Eres mi hijo. Y por eso me duele más lo que hiciste.