Vendió sus tierras por 200 millones, llegó como un hombre sin hogar en sus 3 puertas de niños, y solo 1 se abrió

Teresa comenzó a llorar.

—Papá, yo no sabía nada de los terrenos…

—Por eso mismo, hija. Por eso mismo.

Ramiro intentó recuperar el control.

—Papá, estás exagerando. Yo tengo responsabilidades, una esposa, una casa que mantener. No podía recibirte de repente. Además, esos doscientos pesos eran para ayudarte.

—¿Ayudarme? —preguntó Don Aurelio—. ¿A dónde querías que fuera con doscientos pesos, Ramiro? ¿A dormir debajo de un puente?

—¡No fue así!

—Entonces explícame cómo fue.

Ramiro abrió la boca, pero no encontró palabras.

Patricia empezó a sollozar.

—Papá, perdóname. Estaba estresada. No pensé que…

—Ese es el problema, hija. No pensaste en mí. Pensaste en las molestias que yo podía causarte.

El anciano respiró profundamente y miró a los tres.

—Cuando su madre murió, yo me quedé solo en aquella casa. Muchas noches cenaba frente a su fotografía y esperaba una llamada de ustedes. No necesitaba dinero. Quería escuchar sus voces. Quería saber si estaban bien.

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