El silencio fue absoluto.
Patricia dejó caer el teléfono.
Ramiro se puso de pie tan rápido que golpeó la mesa con las rodillas.
—¿Doscientos millones? ¿Estás hablando en serio?
—Completamente —respondió el notario.
La esposa de Ramiro comenzó a sonreír nerviosamente.
—¡Pero qué maravilla, don Aurelio! ¡Tenemos que celebrar!
Patricia se acercó a su padre y le tomó la mano.
—Ay, papá, ¿por qué no nos dijiste nada? Nosotros somos tu familia. Siempre hemos estado contigo.
Don Aurelio la miró largamente.
—¿Siempre, hija?
Patricia retiró la sonrisa.
Entonces el anciano sacó del bolsillo tres billetes: doscientos pesos y cien pesos.
Los puso sobre la mesa.
—Ramiro, tú me diste doscientos pesos para que me fuera de tu casa. Patricia, tú me diste cien para que no me quedara contigo.
Ninguno pudo levantar la mirada.
—Y Teresa —continuó— me dio un plato de caldo, un lugar donde dormir y un abrazo. Sin preguntarme cuánto dinero tenía.